En
la vida literaria de todo gran lector llega ese momento en el que pasa de leer
cuentos infantiles y novelas juveniles a libros adultos. Generalmente ese
momento viene cuando algún amigo, padre o incluso profesor de instituto
recomienda una novela particularmente interesante, uno de esos libros llamados
clásicos. Al lector principiante, sumergido de cabeza en la gran Literatura, le
fascina la novela. Le gustaría leer muchas más. Le gustaría que a partir de ese
momento todas sus experiencias de lectura fueran tan intensas e inolvidables
como ésa. Entonces se pregunta cuáles serán esos libros perfectos, especiales,
ocultos en el maremágnum de obras literarias publicadas cada año desde que
Gutenberg tuvo la gran idea de inventar la imprenta.
Esos
libros perfectos son los clásicos. De los clásicos se han dicho muchas cosas,
desde que son esos libros que nunca terminan de decir todo lo que tienen que
decir a que son libros que tienen tantas lecturas posibles en sí mismos que
cada lector hace una distinta y particular.
Personalmente,
siempre he creído que un clásico es aquel libro ajeno a las modas literarias,
capaz de emocionar y de servir como fuente inagotable de experiencias tanto a
nuestros abuelos como a nosotros mismos. Y seguirán leyéndolo nuestros hijos y
nietos con esa misma avidez.